David

June 24th, 2012

David, el dulce cantor de Israel. Tal vez te llame la nación que no me presente como el rey de Israel, pero prefiero presentarme como lo que soy en lo íntimo de mi corazón y no como lo que hago, aunque sea la tarea más loable. Si se tratara de lo que hice te podría contar maravillas,  pero con el tiempo he aprendido que lo que finalmente cuenta es lo que eres, sólo lo que eres.

Recuerdo cuando mi vida dio un giro sumamente violento lastimosamente, negativo. Era el rey indiscutible de mi pueblo, el hombre más amado y respetado, pero un día, en un abrir y cerrar de ojos, fui arrancado del trono real y de mi palacio y me encontré convertido en un hombre común y corriente, al punto que tuve que huir y esconderme para no perder la vida. Esta no fue la única vez que tuve que escapar para librar mi vida, pero sí la primera que pasé del trono real a ser vituperado y maldecido por un hombre que hasta se atrevió a maldecirme y tirarme piedras.

Mientras huía pensaba en lo inseguras que son las cosas en esta vida, incluido el trono por supuesto. No me sirvieron las muchas victorias anteriores, tampoco los cuantiosos tesoros acumulados. Ya no era el rey, y como me lo dijo Simei, el hombre que me agredió, era un “nadie” más sobre este mundo. Allí me di cuenta que todo lo que me quedaba era lo que tenía en mi alma: la conciencia de mí mismo, mi fe en Dios, mis valores y principios morales, la certeza de haber hecho bien o mal en la vida, mis memorias, etc. Es decir lo que era y llevaba dentro de mí.

No te ocultaré nada de lo que hice, te lo contaré todo pero no quiero engañarte hablándote de pompas y celebraciones que significaron muy poco en mi vida y en mi reino. Prefiero pre­sentarme como el dulce cantor de Israel porque, aunque esto se asocia con lo que hacía, realmente habla de lo que yo era y lo que soy. Era un apasionado de la música, de los instrumentos y del canto, pero por una sola razón: era la manera como mi alma se unía a mi Dios, el Altísimo, mi amado Señor, delante del cual quedaba descubierto totalmente. Delante de Dios no hay apariencias, eres lo que eres. No cuentan tus títulos, cargos o tus cuentas, ni siquiera tu conocimiento y experiencia, y me­nos lo que la gente dice de ti.

Canté a Dios. Canté de su gloria y grandeza, de su amor y de su gracia. Le canté exponiéndole mis pobrezas, mis pecados y flaquezas. Le canté acerca de mis luchas, mis dudas, mis te­mores. Le canté inflamado de fe acerca de mis anhelos, mis sueños y esperanzas.

Fui un cantor de Dios, de sus verdades y de las mías y, tal vez, ésta sea la razón por la que se ha dicho de mí que era un hombre conforme al corazón de Dios. Es que mi música, que no era más que oración y clamor, buscaba solamente su amoroso corazón, en la certeza que sólo en Él podría ser un hombre a su imagen y semejanza.

 

Chávez W. (2007), “David un hombre conforme al corazón de Dios”.